Descentralización, regionalización y plan de desarrollo

Por José David Name Cardozo senador de la república


Cada punto de la geografía nacional, rural o urbano, Costa Caribe o Pacífica, fronterizo o andino, minero o agropecuario, industrial o de servicios, turístico o ecológico, responde a una identidad cultural, económica, política y social, que nos hace una Nación privilegiada en el contexto americano.
La diversidad territorial y humana de Colombia es la mayor riqueza con la que podemos contar, pero al mismo tiempo se nos convierte en el factor más complejo a la hora de gobernar.
En los tiempos coloniales y post coloniales lo tuvimos todo para generar grandes procesos de desarrollo desde la periferia, visualizando incluso intercambios comerciales revolucionarios para aquella época (ver Carta de Jamaica de Simón Bolívar). Sin embargo, en lugar de potenciar un país abierto y con ambiciosa dinámica comercial e industrial, lo que hicimos fue encerrarlo para concentrar en su interior las oportunidades de progreso y  bienestar que debían ser para todos por igual.
Pudimos reversar el panorama con el ascenso del ilustre cartagenero Rafael Núñez a la Presidencia de la República, pero lo que hicimos fue consolidar el encerramiento con la Constitución de 1886 al establecer la descentralización administrativa con centralización política, es decir, repartir una estructura de gobierno tomando las decisiones en Bogotá y alternando políticas de favorecimiento al Valle del Cauca, Antioquia y Cundinamarca. El Triángulo de Oro. Los demás recibirían migajas.
Núñez no tenía vocación centralista, pero tuvo que ceder ante las huestes del poder interiorano para que lo dejaran gobernar con algo de paz durante el periodo que le correspondió.
Fue siempre la dirigencia Caribe la que más se destacó como bloque regional para reclamar más equidad, más equilibrio, menos discriminación y menos centralismo a la hora de planear el desarrollo socioeconómico colombiano.
Desde Barranquilla y Cartagena se libraron exitosas batallas contra el centralismo y se agitaron las banderas de administraciones autónomas que se apoyaban en el dinamismo económico de comienzos del Siglo XX, la fundación de importantes empresas privadas, la prestación de servicios públicos eficientes y la actividad agropecuaria basada en el cultivo del tabaco, el algodón, la ganadería y frutales, por mencionar sólo unos cuantos sectores estratégicos dentro de un modelo que siempre miró los mercados internacionales.
La denominada Liga Costeña de 1919, la Misión RJ Tipton del Banco Internacional de Reconstrucción y Fomento, BIRF, hoy Banco Mundial, el pensamiento de Luis Eduardo Nieto Arteta, el manejo de la hacienda pública por parte de Tomás Surí Salcedo, la Comisión del Plan de Carlos Lleras Restrepo, el Plan de Integración Nacional de Julio Cesar Turbay, la creación de los Corpes durante el Gobierno de Belisario Betancur, la política de apertura de Virgilio Barco, la revolución pacífica de Cesar Gaviria, el Salto Social de Ernesto Samper y el desarrollo comunitario de Álvaro Uribe Vélez, han sido fuentes de inspiración regional para propiciar el debate descentralista, regionalizador y equitativo en la planeación y concepción del modelo de desarrollo que debe orientar niveles más altos de bienestar socioeconómico para nuestra población.
En esta brega nos hemos equivocado los costeños, nos hemos atacado unos a otros, hemos cedido ante la envidia y el egoísmo, hemos flaqueado ante los coqueteos interioranos para debilitar nuestra unidad regional y hemos caído en la trampa de creer que desprestigiar a la clase política es el mejor remedio contra la plaga centralista. Equivocación mayúscula. La fuerza política es el único estamento capaz de liberarnos del yugo centralizador. Ese es el reto que tenemos los actuales Senadores y Representantes a la Cámara.
Estamos apoyando al Gobierno del Presidente Juan Manuel Santos, creemos en la Unidad Nacional para la prosperidad democrática. Apoyamos leyes necesarias en materia de ordenamiento territorial, regalías, seguridad nacional, fortalecimiento tributario, competitividad, salud, justicia, ciencia y tecnología, cultura y  educación, pero también demandamos una evaluación y un mayor impulso a la descentralización más efectivos, al tiempo que urgimos una regionalización con dientes, en términos de autonomía, formas de gobierno y financiamiento.
En este orden, será de fundamental importancia lo que hagamos para que el nuevo Plan Nacional de Desarrollo tenga un enfoque regional acertado y no sea un simple recetario de promesas y  un elegante saludo a la bandera. Todos los sectores del país tenemos que unirnos en este propósito, para que el progreso no sea de unos pocos sino de los más de 45 millones de personas que habitamos el territorio colombiano.