Bolívar por segunda vez en Pasto

Por Enrique Herrera Enriquez
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Siete días después de la masacre, del genocidio del 24 de diciembre de 1822 contra la población civil de Pasto, el general Simón Bolívar se presenta en la ciudad para congraciarse y felicitar al general venezolano Antonio José de Sucre por la exitosa toma a sangre y fuego de Pasto. La ciudad destrozada, arruinados sus campos, los hombres, mujeres y niños que lograron salvarse de la arremetida de las tropas continúan escondidos en los bosques cercanos. Veamos y analicemos a continuación que sucede con la presencia por segunda vez en Pasto de Simón Bolívar.

El 2 de enero de 1823, llega por segunda vez a Pasto Bolívar, encuentra la ciudad destruida, las calles y plazas vacías, templos y capillas semidestruidos, aún los ayees de los heridos se escucha en el tétrico silencio de la ciudad; la orfandad y la viudez lloran sus muertos; cadáveres insepultos se pudren en la soledad de las estancias. No se conoce de recriminación alguna de parte del caraqueño a la cruenta acción militar de la tropa al mando de Sucre, por el contrario: "impuso a los pueblos rebeldes del Cantón una contribución forzada de treinta mil pesos para la subsistencia de las tropas; hizo extraer de las haciendas tres mil reses de ganado vacuno y dos mil quinientas caballerías que habían traído los pastusos del cantón de Túquerres, cuando el cabecilla Boves ocupó a los Pastos. Dispuso igualmente que se reclutaran todos los hombres útiles para las armas, y que los más inquietos se les llevaran en calidad de presos, todos los cuales debían ser conducidos a las provincias meridionales de Quito. Mandó confiscar los bienes de los que hubiesen tomado parte en la insurrección, de cualquier modo que lo hubieran ejecutado, o que no se presentaron a Sucre en los días que asignó hacerlo, después de ocupada la ciudad. Asimismo dispuso confiscar los bienes de aquellos pastusos que los tenían en el cantón de Túquerres y que permanecieron en Pasto después de la rebelión. Con tales decretos casi todas las propiedades de los pastusos vinieron a ser confiscables y se mandaron repartir a los militares de la república en pago de sus haberes. La infiel Pasto quedó desierta en su mayor parte, y su castigo resonó en todos los ángulos de Colombia... El castigo de los habitadores de Pasto fue ejemplar y merecido; empero dejó en sus corazones el resentimiento más profundo y duradero", dice José Manuel Restrepo, en su obra: “Historia de la revolución en Colombia”, siendo como fue un hombre contemporáneo de Bolívar y su profundo admirador. Sin embargo, la cruel realidad de cuanto él supo, lo llevó a describir el macabro y dantesco cuadro que acabamos de leer.

Si existiese duda respecto a la posición de Bolívar contra Pasto y su gente después de los acontecimientos de la macabra “Navidad sangrienta” que la población viviera con la violenta entrada de Sucre aquel 24 de diciembre de 1822, veamos a continuación que dice Bolívar en carta que suscribe a Santander el 8 de enero de 1823, desde Pasto: "Hace algunos días que llegué aquí y, desde entonces, me he ocupado en atraer estos habitantes que, poco a poco se van presentando a gozar del indulto que se ha publicado por el general Sucre. Yo les he ofrecido que serán perdonados, si se presentan todos a jurar el gobierno de Colombia y entregar sus armas y municiones que tienen... he mandado embargar los bienes de los que no se presentaron al tiempo señalado, y los demás están dispersos. Boves, con algunos otros comprometidos, se han ido al Marañón, por donde salió Calzada. Yo los he mandado perseguir por todas direcciones; más aquí no se coge a nadie porque todos son godos. Todo es ojo para el gobierno, y el gobierno no ve nada".

El 13 de enero de 1823, expide Bolívar en Pasto, un drástico decreto, que entre sus considerandos dice: "Que el cantón de Pasto se insurreccionó el 28 de octubre, sin tener motivos siquiera aparentes para una conducta tan criminal, rompiendo la capitulación que se le concedió el 8 de junio del año próximo anterior". Recordemos que quién capituló sin haber consultado con el pueblo, fue Basilio García, razón por la cual existía gran malestar entre las gentes que se consideraban vencedoras en Bombona como en efecto así lo fue. El segundo considerando dice: "Que la insurrección fue abrazada generalmente por todos sus habitantes, sin exceptuarse más que dos Nicolás Chávez y Jerónimo Ricaurte... y considerando, en fin, que esta ciudad, furiosamente enemiga de la república, no se someterá a la obediencia, y tratará siempre de turbar el sosiego y la tranquilidad pública, si no se le castiga severa y ejemplarmente... DECRETA: Se confiscará y aplicarán al gobierno los bienes de todas las clases de habitantes del cantón de los Pastos, que tomaron parte de la facción de Pasto, bien suministrándoles armas y elementos de guerra, bien ofreciendo sus servicios y personas, bien manteniendo relaciones de espionaje con los facciosos. 2.- Se confiscarán y aplicarán al gobierno los bienes de todas las clases de habitantes del cantón de Pasto, que no se hayan presentado en esta ciudad dentro de los seis días señalados por el general Sucre, que empezaron a correr desde el 26 de diciembre último hasta el 31 de diciembre del mismo inclusive. 3.- Se confiscarán y aplicarán al gobierno los bienes de todas las clases de habitantes del cantón de Pasto, que teniendo propiedades en el de los Pastos, permanecieron en Pasto después de la insurrección; es decir, que por el sólo hecho de no haberse trasladado al cantón de los Pastos, han perdido cuantos bienes tenían en él".

Respecto a la repartición de bienes que él considera nacionales, ordena por intermedio del coronel José Gabriel Pérez, su secretario general, a Bartolomé Salóm que se asigne al general Jesús Barreto el hato de Panamal, al coronel Arturo Sandes, la hacienda de Aranda y al coronel Lucas Carvajal, el hato de El Salado. Se repartieron las vajillas de plata, que fueron encontradas en el saqueo a las casas de Pasto, entre los soldados por orden directamente de Bolívar, y se ordenó el destierro de eclesiásticos solicitando a Quito el envío de simpatizantes con la causa republicana.

Entre los innumerables elementos de valor encontrados en Pasto, se registra el par de alas de plata, con incrustaciones de piedras preciosas que tenía adheridas a su cuerpo la imagen de tamaño natural de la inmaculada más conocida como la Danzarina de Legarda, que se ubicaba en el templo de San Juan Bautista, las cuales fueron violentamente desprendidas para ser repartidas como botín por las asaltantes tropas de Sucre.

Copones, custodias, patenas y demás objetos de valor, ya sea en oro o plata consagrados al ritual sagrado, fueron hurtados de manera violenta, sacrificando a quienes tuvieron la osadía de tratar de defenderlos.

Una de las victimas más destacables de la persecución republicana encabezada por el general Antonio José de Sucre, fue el Padre Francisco de la Villota quien tuvo que refugiarse en una cueva cercana a Genoy donde recibía toda la colaboración de la gente de la citada población.

Hemos visto cual ha sido la reacción del general Simón Bolívar contra la población civil de Pasto. Todo fue confiscado, repartido cuanto de valor se encontró, aun las haciendas hicieron parte del paquete de confiscación y repartición entre sus altos oficiales. En los doce días de su estadía en Pasto después de la macabra navidad de 1822, Bolívar inmortaliza negativamente su nombre en la historia de Pasto con las medidas que el general Bartolomé Salóm, ejecuta por expresa orden de Bolívar como veremos a continuación.

El 14 de enero de 1823, Bolívar sale de Pasto con dirección a Quito, no sin antes dejar drásticas y secretas medidas al general venezolano Bartolomé Salom que de manera clara y específica narra el general O'Leary de la siguiente manera: "Salom cumplió su cometido de una manera que le honra tan poco a él como al gobierno, aun tratándose de hombres que desconocían las más triviales reglan del honor. Fingiendo compasión por la suerte de los vencidos pastusos, publicó un bando convocándolos a reunirse en la plaza pública de la ciudad, a jurar fidelidad a la Constitución y a recibir seguridades y protección del gobierno, en lo sucesivo. El buen nombre de Salom y la reputación que se había granjeado inspiraron confianza a aquellos habitantes y centenares de ellos, en obediencia al llamamiento, o tal vez por temor de mayor castigo, acudieron al lugar señalado, en donde se les leyó la ley en que estaban consignados los deberes del magistrado y los derechos del ciudadano. Según ella, la propiedad y personas, tenían amplias garantías y la responsabilidad de los magistrados se hallaba claramente definida.

Leyóse la ley, como ya dije, en presencia de todos los concurrentes, y como prueba de buena fe del gobierno, se repartieron sendas cédulas de garantía. Pero violando lo pactado, situó en la plaza un piquete de soldados que redujo a prisión cerca de mil pastusos, que en seguida fueron enviados a Quito. Muchos de estos perecieron en el tránsito, resistiendo a probar alimentos y protestando en términos inequívocos su odio a las leyes y al nombre de Colombia. Muchos al llegar a Guayaquil pusieron fin a su existencia, arrojándose al río; otros se amotinaron en las embarcaciones en que se les conducía al Perú y sufrieron la pena capital, impuesta por la ordenanza en castigo de su insubordinación.

Daniel O´Leary, secretario privado de Bolívar, ha hecho referencia de manera muy general a los acontecimientos del 20 de enero de 1823, llamado el “día de la jura”, cuando de manera engañosa se convocó a la población de Pasto bajo el pretexto de jurar la nueva constitución, cuando la verdad era reclutar la gente joven para de manera obligante enviarla a pelear al Perú.

El drama de la gente de Pasto, como consecuencia de los macabros actos criminales de la tropa al mando de Sucre en aquel entonces, se refleja en una nueva carta que suscribe Bolívar a Santander el 30 de enero de 1823, le dice: "El famoso Pasto, que suponíamos tan abundante de medios, no tenía nada que valiera un comino; ya está aniquilado sin mucho empeño".

Con esa clase de disposiciones tan drásticas, macabras, criminales y absurdas que se tomó en contra de la población civil de Pasto qué economía podía resistir, cuando sus gentes fueron perseguidas, aniquiladas y los campos devastados.

El general Republicano, Manuel Antonio López, contemporáneo y bajo el mando de Bolívar, presenta así la situación en que queda Pasto y su gente en su libro “Recuerdos Históricos de la Guerra de la Independencia”, luego de las órdenes impartidas por Bolívar.

“Cuando estos acontecimientos ocurrían en el Perú, el Libertador se ocupaba en Guayaquil en organizar tropas y mandarlas sucesivamente para aquella República, tanto en cuerpos arreglados como en partidas de reclutas. De los prisioneros que se le hicieron á Boves en Pasto, se remitieron para Guayaquil 250 pastusos, de los más peligrosos y empecinados realistas, y para que no se fugaran, se les llevaba amarrados de los lagartos de dos en dos; y cuál sería la obcecación de estos hombres, que al pasar por el pie del Chimborazo, donde hay una elevada peña al bordo del camino, uno de ellos rompe las filas arrastrando al compañero, y se precipita por ella, diciendo : "Prefiero irme a los infiernos antes que servir á Colombia." Dos cuerpos destrozados sobre las piedras fue lo que se alcanzó a ver allá en lo profundo del abismo; pero todavía sus compañeros llevaron más adelante su obstinación.

Habiendo llegado a Guayaquil, el Libertador dispuso que fueran al Perú en clase de reclutas, y los embarcaron en el bergantín Romeo, llevando por toda custodia cinco oficiales y once soldados pertenecientes a los cuerpos que habían marchado adelante. A los tres días de haber salido del puerto, se sublevaron a bordo, mataron a palos al Teniente Ignacio Duran y al Subteniente Sebastián Mejía, primos del que esto escribe, y dejaron medio muertos é inútiles al Teniente José Caicedo, á los otros dos oficiales y a seis soldados. Como el buque no llevaba más que doce marineros, el Capitán no pudo contener la sublevación, y lo obligaron a que hiciera rumbo a la costa del Norte, con la mira de desembarcar en un puerto de donde pudieran dirigirse a Pasto. El Capitán tuvo que ceder á la fuerza, viró por redondo y navegó hacia Tumaco, punto que le señalaron los sublevados para su desembarco. La bahía de este puerto es de poco fondo, y los buques tienen que fondear bastante distantes de tierra, y por consiguiente no se puede desembarcar con prontitud. Afortunadamente se encontraba fondeada en el puerto la fragata ballenera Spring-Grove; el Capitán del Romeo le hizo señal de alarma en su buque, y al momento el Capitán de la ballenera tripuló sus botes con todos sus marineros armados, y le prestó auxilio, logrando contener a los sublevados que había a bordo, menos cuarenta y tantos que habían desembarcado. Contenida la sublevación y reducidos a prisión en la bodega de los sublevados, el Capitán del Romeo hizo rumbo a Guayaquil, donde el Libertador mandó fusilar inmediatamente a veintiuno de los cabecillas.

Pero faltaba castigar a los que desembarcaron en Tumaco, y el Libertador dispuso que el Coronel Lucas Carvajal con el Escuadrón Granaderos y dos compañías del Batallón Yaguachi, embarcándose en la goleta de guerra Guayaquileña, siguiese a la costa en su persecución, encargándome a mí del detalle de esa columna. En nuestra excursión tocamos en Atacames, Esmeraldas, Iscuandé y Tumaco, capturando hasta cuarenta y tres, a quienes se castigó con la pena de muerte”.

El historiador Sergio Elías Ortiz, expresa: “Como descubriera Bartolomé Salom que en alguna parte de los monte de la ciudad se escondían algunos guerrilleros con fines de continuar la lucha, pues le mataron, tres soldados y un sargento de una escolta que mando a descubrir el escondite, puso presos a catorce de los ciudadanos distinguidos de la ciudad, terratenientes tranquilos que poca parte habían tomado en las luchas armadas, sin otro pecado que el de su amor a la monarquía, Salom puso a estos detenidos en manos del teniente coronel Cruz Paredes para que los matara donde pudiera e hiciera desparecer sus huellas. Así lo hizo Paredes: con el pretexto de llevarlos para Quito, al llegar al Guaytara, donde el río forma una especie de abismo, hizo atar espalda con espalda, por parejas, a los catorce patricios con otros tantos presos que se le figuraron más sospechosos y el mismo, porque sus soldados se resistían a hacerlo, los empujo al abismo…”

Este criminal acontecimiento que la historia oficial no registra, se corrobora con carta que el propio Bartolomé Salom suscribe a Bolívar el 27 de septiembre de 1823, cuando le dice: “No es posible dar una idea de la obstinada tenacidad y despecho con que obra los pastusos; si antes eran la mayoría de la población la que se había declarado nuestra enemiga, ahora es la masa total de los pueblos los que nos hace la guerra con furor que no se puede expresar. Hemos cogido prisioneros muchachos de nueve a diez años. Este exceso de obcecación ha nacido de que saben ya el modo con los tratamos en Ibarra, sorprendieron una contestación del señor comándate Aguirre sobre la remisión de esposas que yo le pedía para mandar asegurados los que se presentaran, según las instrucciones de su excelencia, y sacaron del Guaytara los cadáveres de dos pastusos, que con ocho más, entregué al comandante Cruz Paredes, con la orden verbal de que los matara secretamente. De aquí es que han despreciado insolentemente las ventajosas proposiciones que les he hecho y no me han valido todos los medios e indulgencia que se ha puesto en práctica para reducirlos. Están persuadidos de que les hacemos la guerra a muerte, y nada nos creen…”

La última frase de la carta en referencia es muy clara y contundente: los pastusos “Están persuadidos de que les hacemos la guerra a muerte, y nada nos creen…” Es obvio y natural, quien o que pueblo culto y civilizado como el pastuso puede creer a unos criminales que a nombre de una supuesta libertad o independencia de aquel entonces, cometen crímenes de la magnitud que el mismo Bartolomé Salom le denuncia a Bolívar, acatando así las órdenes impartidas por el caraqueño en contra de la gente de Pasto.

El general José María Obando, también registra este macabro acontecimiento de asesinar en los abismos del Guaytara a la dirigencia pastusas, cuando en sus “Apuntamientos para la Historia”, afirma que se “autorizó el sacrificio de 28 víctimas; pero habría sido mucha condescendencia sacrificarlos por los medios conocidos, y de un solo golpe, y se inventó un género de muerte que no tuviese estos defectos. Amarrados espalda con espalda, apenas les era permitido escoger el compañero con que cada uno debía de ser sacrificado: catorce matrimonios cívicos fueron precipitados vivos de uno en uno desde lo alto del puente hasta los abismos del Guaitara, haciendo penar a los últimos con el espectáculo sucesivo de los primeros. Recuerdo entre las víctimas –dice José María Obando- a los respetables vecinos don Matías Ramos y don Pedro María Villota hombres del todo inocentes y pacíficos…”

Las mujeres pastusas, también registran su nombre dentro de las victimas, tal es el caso de Maria Mercedes Bravo, Maria Catalina Aux, Antonia Romero, Asencia Rosero y Maria Zambrano que fueron condenadas al destierro hacia el Perú, que en buena hora un documento suscrito el 17 de julio de 1824 en Quito así lo certifica camino a Cuenca, donde fueron finalmente recluidas e hicieron tiempo después vida social al radicarse y formar hogares que dieron a la culta ciudad ecuatoriana toda una serie de importantes personalidades que se destacaron y reconocían su origen pastuso.

No en vano el historiador ecuatoriano Oscar Efren Reyes, analizando la situación de la gente de Pasto afirma: “Hubo momentos en la campaña contra los rebeldes en Pasto, que ya no eran los simples defensores de la monarquía española, sino como los heroicos defensores de sus vidas, de sus haciendas y como los vengadores de la muerte cruel de sus madres, de sus padres, hijos y familiares…

Roberto Morales Almeida, también historiador ecuatoriano, refirma: “En la historia tremenda de la independencia de América no hay hechos de mayor crueldad que los que se ejecutaron contra los vencidos pastusos: destierros en masa al Perú, a Guayaquil, a Cuenca, contribuciones forzosas, confinio de mujeres, requisa de caballos, ejecuciones secretas, lanzando a los abismos del Guaytara, amarrados por parejas a las víctimas, despojos de bienes, redadas de hombres para formar batallones. Y esas bárbaras represiones tuvieron que soportarlas todos: los hombres del pueblo y los nobles, los clérigos y los labriegos, los indios, los mestizos y los blancos. Los tiempos heroicos de Pasto están floridos de episodios de singular grandeza de ánimo. Cualquiera de ellos es sugestionante y revelador del carácter del pueblo pastuso…”


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