El reo o la historia del hombre que mató a su hijo por amor

Pablo Emilio Obando Acosta
peobando@gmail.com

Esta sociedad me condena; mi conciencia me absuelve. Como siempre: Se limitan a juzgar el acto, no sus causas. Es una sociedad de reveses que mi intelecto no comprende; creen que privando al individuo de su libertad matan sus ideales. Inventan falsas ilusiones para todo, no combaten el crimen sino al criminal. Pobre humanidad, la compadezco y sin embargo soy parte de ella. Cuántas veces juzgué, cuántas castigué, cuántas más lo haré. No vale la pena tratar de escapar, nuestros sentidos nos atan, nuestros actos nos ligan a ella.

Estoy preso; sin embargo respiro libertad. Sé que obré correctamente, tú, hijo mío, si acaso me escuchas, lo comprendes muy bien, quizá mejor que aquel juez que ordenó mi captura y dictaminó mi sentencia. Como te reirás del espectáculo y que feliz estarás de haber escapado a tiempo de este manicomio. Te envidio hijo mío; yo no pude escapar, dejé que los sentimientos corroyeran mi voluntad.

El próximo miércoles cumplirías los 3 años, tal vez tu madre y yo tuviésemos organizado una fiesta de cumpleaños. Imagino que tus abuelos te acompañarían; tus tíos te traerían dulces y bombas y tu madre te cantaría el cumpleaños feliz, veo la casa adornada con bombas y confeti, casi toco la piñata que yo mismo hubiese hecho para ti.

Sin embargo nada de esto sucederá y ¿sabes por qué? Por la sencilla razón, que yo, tu padre, en un momento de locura o de inspiración te quité la vida, te quise evitar sufrimientos, no quise que vivieras una vida de terror, de angustia, de desesperación inconsciente. Tú sabes que tu padre lo hizo por amor, que te amó y te ama más que todos aquellos que lloraron tu muerte, más que todos aquellos que se compadecieron de ti. Si volvieras a nacer te volvería a matar hijo mío…

No habrá fiesta, ni confeti, ni regalos… al contrario; el día será gris y triste. Tu familia se reunirá en una iglesia y rezará por ti, por tu alma, por tu recuerdo. Yo desde esta cárcel reiré contigo, reiríamos de la burla que le jugamos a la vida que se quiso burlar de ti.

Cuando te miraba y me proyectaba en el tiempo siempre te miraba a ti relegado a un segundo lugar, rechazado por quienes te quisieron en tus primeros días; miraba a otros niños ¡¡¡correr, jugar, saltar…!!!, y a ti, a ti siempre te miraba llorando en soledad deseando ser como ellos.

Y yo te comprendí hijo mío e hice realidad tu sueño futuro, me anticipé a tus deseos, a tu pensamiento; en un mes viví toda una vida contigo y desnudé tus sentimientos, comprendí tu afán.
Me exasperé al pensar que tú llorarías al ver a otros niños reír… tú, tú no conocerías la sonrisa verdadera, serían risas inconscientes las que de tus labios brotarían y cuando quisieras correr y no puedas, no soportaría el que me preguntes: “papá: ¿por qué no puedo correr?”. Yo que podría responderte hijo mío: “caprichos de la naturaleza”, “designios divinos”, no, hijo mío, serían todas respuestas mediocres y sin justificación. Preferí encararme a la sociedad y no a tus infantiles reproches. No por eso soy cobarde, se necesita mucho valor para hacer lo que hice y tú fuiste testigo, tú me viste llorar por vez primera y fue cuando supe que una lagrima vale más que toda la sangre que corre por mis venas.

Y lo que más me hirió querido mío, el hecho que toco los nervios de mi ser, fue mirarte a ti pequeño mío, indefenso entre la multitud; te imaginé como un inocente corderillo arrastrado cariñosamente hasta las manos del verdugo que hundirá el puñal en sus entrañas y sólo se calmará al ver derramada la última gota de sangre; no pude soportarlo: luche conmigo mismo pero toda lucha fue inútil. El amor venció al pudor…

Fue muy triste el saber que naciste con una enfermedad que te atenazaba a la tierra, que te obligaba a vivir inconscientemente, que te impedía ser simplemente un niño como todos los demás. La vida te castigó demasiado temprano, no entiendo por qué, ni nadie puede hacerlo, todo intento de explicación o justificación está de más. Son las circunstancias las que nos obligan a ciertos actos, irremediablemente debemos dar una respuesta a ellas. Mi respuesta fue tu muerte; sin embargo no maté tu ser, simplemente corté tu infortunio porque tú vives, tú aun existes, eres parte de nuestra cotidianidad.

Jamás serías normal, toda tu vida te verías obligado a cargar sobre tu espalda las desgracias de la inocencia dormida; nunca irías a sitio alguno, siempre serías arrastrado. Para ti sería igual un circo a un cementerio, un baile a un funeral; carecerías de ambiciones, te conformarías con muy poco, no tendrías ilusiones: siempre serian ajenas.


Quizá en otro sitio, en otra dimensión seas feliz… o quizá el sueño eterno cubra por siempre tu infelicidad; no tenías nada que perder: “vuela y sonríe que yo siempre evitare tu regreso”.

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