El Toño

Por John Jairo Rodríguez Saavedra
johnrodriguezsaavedra@gmail.com

Ya pasó todo, dicen. Ya poco a poco todo irá retomando su curso normal, dicen. Pero hay algo que no se mira, que aletea con fuerza internamente, que no desacelera las pulsiones, que vuelve a encender las vísceras, que las quema. Y dentro de todo, también hay voces rebotando entre los huesos de la cabeza, voces que gritan que no, que ya nada será lo mismo: ni el paisaje, ni las caminatas, ni los vientos.

Así como cuando hay desastres que acaban con ciudades que obligan a una reconstrucción total, en este momento intento hacer algunas reconstrucciones mías. Puede que no haya casas caídas, ni barrizales por todas partes, ni árboles muertos en el piso, pero un dolorcito hay, grande, incalculable.

Antonio Saavedra Casanova (QEPD)
Foto: Lenith Saavdra
Antonio ya no está, el tío, el eternamente joven Toño, pero no hay punto final. Nunca con muertes como la de él habrá punto final. Yo que casi nunca usé los suspensivos, ahora lo estoy usando, no como incertidumbre sino como certeza, contrario a lo que son, a lo que significan. Las gramáticas de la muerte son muy distintas a las otras, aunque se parezcan a algunas, sobre todo a las de las obras de arte. En todo caso, cada vez más estoy seguro que hay muertes que son obras de arte, y la de Toño, la del tío, es una de ellas, porque el arte en esas muertes no tiene que ver con los detalles del acontecimiento, sino con el post-cuerpo, con el post-estar, con la proyección sin detenciones de la sonrisa, de la palabra y del abrazo.

Ahora que veo la foto última de Toño, el tío, antes de entrar a la cirugía de la que no regresó nunca, él allí, con la bata verde de hospital, sin pelo pero con toda la vida saliéndosele por los poros, regreso a los días que pasamos juntos en Fusagasugá, en la finca en la que él, Toño, el tío, trabajaba como ingeniero agrónomo y en la que me acogió cuando yo, apenas con dieciocho años creía que el mundo era de mi estatura.

Esta mañana que recorrí Sandoná, pueblo que nos vio nacer a los dos, a Toño y a mí, me vi empujado a reconstruir muchos espacios. Es un trabajo duro rehacer calles, construirlas, trazar las de las próximas visitas, quitarse el rostro y volvérselo a poner. Ahora, en esta reconstrucción de esta patria que es el pueblo, en su quietud y en su luto de iglesia con palmeras, tendré que demolerme para volverme a armar, para renacer, para que cuando vuelva realmente vuelva y no sea mi fantasma el que saluda, el que da los buenos días, el que respira.
Jueves/Abril

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