Ganarse un GABO y seguir


Por Ginna Morelo*
morelo.g@gmail.com

–Cónchale chama, te felicito. Gracias por hacer visible nuestro drama– La frase me la dijo una tatuadora, migrante venezolana, que a las 4:30 de la madrugada del viernes 5 de octubre se despertaba para iniciar sus labores de venta de café en Lima, del otro lado de una de las tantas fronteras latinoamericanas.

Un miembro de la guardia venezolana que desertó y abandonó su país para no seguir cometiendo errores, vía mensaje de texto me escribió: “Que fino. Eres grande catira.”.

Un muchachito que está en Argentina me llamó: “Yo le dije a mis amigos que te conocía y estoy hablando en altavoz para que me crean”.

Para ese momento la enfermera Naycore, protagonista del documental “Los sueños a veces duelen”, había descrito su felicidad en Twitter y nos celebraba el Premio Gabo, otorgado por la FNPI un día antes en Medellín.

La espontaneidad de los cuatro venezolanos a quienes acompañé a migrar por varios países del continente en un trabajo que marca mi vida, hace parte de la cadena de abrazos más sentidos que he recibido por el premio. Un cuarto de hora de felicidad que me permite agradecerles a tantos por lo que hago y lo que soy.

Pensé mucho en escribir esto porque me da pena, porque las lágrimas asoman, ahora sí, con cada abrazo, cada mensaje, cada llamada.

Cada manifestación de cariño y respeto han tenido a mi corazón al borde de un colapso. Los que me conocen saben de mi sensibilidad y de los latidos acelerados que cuido. Pero ahora, desde el silencio y la soledad de mi fría habitación en la Ciudad de la Furia, quiero tomarme una licencia narrativa para contarles amigos por qué para mí este logro es valioso:

- Al tema llegué porque Venezuela me importa. Es Latinoamérica la que está tatuada en cada poro de mí. Son nuestros hermanos lo que huyen y nos atraviesan física y emocionalmente. Es una nación que se descuaderna en el presente, que se observa desde la distancia cuando se está al lado y se condena a la imposibilidad de un futuro. Es una agenda urgente e importante, no una pendiente.

- Que la cobertura fuese latinoamericana, es un soplo de vida ante la necesidad obsesiva de entender una región que quiero reportear hasta que mi cuerpo ya no pueda más.

- El Premio Gabo de la FNPI aplaude la amistad y el periodismo, cuyo sinónimo para mi es piel. Soñar, pensar, planear, reportear, andar, insistir, llorar, seguir, revisar, dudar, sonreír, terminar, publicar es la cadena de verbos que acompañaron mis días elaborando “Venezuela a la fuga”.

- Coordinar y editar a una sala de redacción transnacional en tan poco tiempo fue retador, porque me reafirma que el futuro es la colaboración. Es la mejor forma de combatir a los costureros de las camisetas XL-EGO. Gracias, periodistas.

- Que esta idea la ejecutara desde mi casa El Tiempo, con chicos de la Escuela de Periodismo Multimedia de El Tiempo, es mi aporte al periodismo que aprende de las nuevas generaciones mucho y más. Gracias al diario por permitirme volar para alcanzar un Gabo.

- Que este trabajo lo haya realizado con gente del medio cuyo lema es “periodismo que ilumina”, Efecto Cocuyo; con la colaboración de otro que investiga “las historias que otros no te quieren contar”, Ojo Público; con periodistas independientes que a punta de talento se ganan un espacio en Venezuela, Perú, Argentina, Chile, México, Nueva York; que se haya podido hacer por el apoyo de una organización que promueve los más altos estándares de la investigación, IPYS y que lleve el sello de lo aprendido en Consejo de Redacción es un honor y un orgullo.

- Que el género escogido para presentar el proyecto sea el Reportaje en toda su profundidad de campo, es mi respuesta a los maestros que me han enseñado y me han tenido paciencia. Algunos de ellos estaban sentados la noche del jueves 4 de octubre en el Orquideorama, en Medellín y yo solo quería abrazarlos para darles las gracias.

- Que este premio llegue cuando estoy a un año de cumplir las bodas de plata en el oficio, después de haberme formado en la Universidad Autónoma del Caribe, de haber pasado por Upb Montería, por la Uninorte, por los talleres de la FNPI, IPYS, Consejo de Redacción, Fundación Libertad Prensa, de haber trabajado en El Meridiano, de escribir para medios de aquí y de allá, de haber andado Colombia y AL, de compartir lo que soy y puedo dar y de no bajarle la guardia al asombro que me lleva a contar historias + datos, es la confirmación de que estoy viejita. Pero todavía hay energía para seguir soñando.

- Que le pueda dar este regalo a mi familia, es lindo.

Foto: Ginna Morelo
- Que desde el jueves las manifestaciones de cariño circulen en la virtualidad de las redes de tantas formas, colores y sabores, me hace poner colorá. Que haya podido celebrarlo bailando salsa con un combo de amigos colombo-venezolano ha sido lo máximo. Les mando a todos sonrisas en cantidades industriales, un infinito agradecimiento y los culpo de lo que le haya podido pasar a mis rodillas.

–¿Ginna y ese milagro que no lloraste?– Me dijo una gran amiga cuando vio la transmisión por YouTube. Yo le conté que en el silencio de la habitación del hotel en Medellín, las lágrimas tuvieron el permiso que les fue negado la noche del jueves 4 de octubre de 2018, el día que ganamos el Premio Gabo y que es y será uno de mis recuerdos más preciados.

*Periodista especializada en Gerencia Pública y magister en comunicación
Ganadora del Premio Gabo 2018 en compañía de varios periodistas por el reportaje denominado "Venezuela a la fuga"


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